una vuelta por Latinoamerica
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miércoles, 20 de agosto de 2014



Una de las consultas más frecuentes que me encuentro al recibir mails y mensajes es acerca de los requisitos que se necesitan para poder atravesar fronteras y países Latinoamericanos. Papeles, permisos, licencias, seguros, etc.
Bien, por un lado vamos a hablar de los requisitos personales y por otro lado de los del vehículo. En el primero de los casos lo mínimo e indispensable es, por supuesto, el pasaporte que por ser el más importante de los documentos personales que vamos a tener con nosotros conviene siempre tenerlo apartado de los demás papeles en un lugar seguro del equipaje o en muchos momentos, pegado al cuerpo en alguna cartera especial.
Las visas dependerán de la nacionalidad de cada uno y del país a visitar, lo mejor es revisar en la página de los consulados de los diferentes países.
La cédula de identificación personal (DNI, CI, IFE, NUIP, RG, DPI) es algo que hay que tener más a mano en todo momento cuando estemos con la moto o sin ella.
La licencia de conducir al menos en Latinoamérica no es necesario que sea la famosa Licencia internacional, alcanza con que sea la original válida en el país de origen. Es muy buena idea hacer copia a color de buena calidad, plastificarla y tenerla siempre a mano. Lamentablemente la corrupción policial está muy establecida en las rutas latinoamericanas. En ciertos controles policiales, éstos buscan cualquier excusa para multar o quitar dinero a los conductores para lo cual (en el primer caso) te retienen la licencia, en dado caso le dejamos la copia plastificada asumiendo la multa y seguimos camino.
Hay que tener en cuenta que ciertos países tropicales exigen certificados de vacunas, eso es algo que hay que verificar cada caso en particular dependiendo qué país se piense visitar. Una de las más comunes que suelen exigirse es la vacuna contra la fiebre amarilla la cual es necesaria aplicarla diez días antes de la llegada al país de destino.
Otra cosa importante a hacer antes de salir, es una credencial donde figure claramente el grupo sanguíneo, así como también ponerle un adhesivo al casco donde tenga este mismo dato para cualquier caso de accidente.

En cuanto a la moto (o cualquier vehículo en general) es necesario en primer lugar (para hacer las cosas más fáciles), tener la titularidad de éste en todos los papeles. Título de propiedad y cédula verde (cédula de circulación). Si se trata del primer propietario no está de más tener la factura de compra o en caso de haber sido transferido, un boleto de compra-venta o algo que certifique dicha transferencia.
El seguro obligatorio (contra daños a terceros) no lo es tanto en algunos países de América del Sur. Al menos hasta hace unos años países como Perú, Ecuador o Colombia no lo exigían al momento de hacer frontera. De todas formas siempre es conveniente buscar una aseguradora que nos brinde cobertura internacional para evitar trámites de más en las fronteras, recuerden siempre que estos lugares no son precisamente los más agradables ni los más indicados para encontrarse con contratiempos, debemos procurar resolver lo más rápido posible.
Una vez en Centroamérica, todos los países exigen la póliza de seguro. El valor suele rondar los 15 dólares por mes para una moto y se contrata ahí mismo en la frontera.
Hay muchas dudas acerca de algo que se llama Pasaporte de paso por Aduanas y que lo entrega (en el caso de Argentina) el ACA (Automóvil club Argentino). Bien, es una libreta que se supone imprescindible para que la moto cruce fronteras. Sé que países como Turquía o la India lo exigen, pero puedo asegurar que en Latinoamérica es totalmente innecesario. Quiero dejar claro esto ya que se trata de un trámite excesivamente costoso y que no trae absolutamente ningún beneficio.

En el caso de Argentina, hay que tener en cuenta que dependiendo la frontera de salida y luego la de entrada puede que haya un tiempo máximo de permiso para permanecer con el vehículo fuera del país. Esto es una exportación temporal que debe realizarse pero cómo dije antes, depende del lugar de salida y entrada. Pueden escribirme para explicar más detalladamente este punto.
En México, al momento de entrar al país es obligatorio realizar un depósito que va de 200 a 400 dólares dependiendo el año de fabricación del vehículo. Esto es una especie de seguro que se deja hasta realizar la salida, claro está, si se hace dentro del plazo estipulado.
Con las motos no es necesario tener verificación vehicular como en el caso de los automóviles. Y por último en algunos países a veces es requisito algún certificado policial, pero ese tipo de exigencias se resuelven ahí mismo en el lugar al igual que las fumigaciones que suelen hacerse a los vehículos.

Un par de consejos para terminar. Primero, nunca está de más guardar todos los papeles y copias selladas y firmadas que resulten de los trámites en cada entrada y salida de los diferentes países (me refiero por supuesto a cuando ya se haya realizado la salida), nunca se sabe con qué o quién te puedes encontrar en el camino y quizás tengas que certificar o acreditar tu presencia en tal o cual lugar. Recuerden que ante cualquier control policial carretero siempre hay que estar preparados para el momento en que quieran encontrarte algún problema con los papeles. Una carpeta especial con todos los separadores y folios que hagan falta para estos, es imprescindible para viajes largos. 
Es necesario ser ordenado y meticuloso pero sobretodo paciente a la hora de cruzar fronteras. Hay casos en que todo se resuelve en una o a lo sumo dos oficinas y en unos pocos minutos, pero en los peores casos, que son varios, pueden ser trámites que nos tomen varias horas.
Y segundo, evitar a las personas que se ofrecen para hacer los trámites en las fronteras. Lamentablemente hay que ser un poquito desconfiado en estos casos ya que se trata de papeleos muy delicados en los que hay que estar muy atentos y al tanto de cada sello y número que se anota, cualquier diferencia entre un papel y otro o entre un papel y un número del motor por ejemplo, puede convertirse en un gran problema, no tanto porque vayamos a perder el vehículo, pero un pequeño error así puede implicar tener que hacer otro interminable trámite en alguna oficina de vaya uno a saber dónde.

Esto es solo un pequeño resumen de lo necesario en cuanto a papeles y precauciones. Cualquier consulta respecto a esto o a alguna otra cuestión, ahí me escriben.

Saludos viajeros!

miércoles, 30 de julio de 2014

Mayo-Agosto 2012

“Vengo a jugar el juego de la vida, que es el de desnudarme frente a ustedes, sobre un trapecio múltiple sin redes que hacen posible el vuelo y la caída."
        
Guillermo Velazquez – El juego de la vida.

La carretera federal 57, al norte de la ciudad de San Luís Potosí es casi una postal de esta región. Los inmensos cactus entre la mano norte y sur, le dan un aspecto cinematográfico que ayuda a hacer un poco más entretenida la interminable recta. Un desvío en el kilómetro 66 me indicó la salida hacía un pequeño camino asfaltado con rumbo a la región de la Huasteca pasando por, según anunciaba un viejo cartel, Cerritos y Rioverde. La geografía iba lentamente cambiando hacía tonos más verdes, un fértil valle con plantaciones de naranjas y chiles y un canal de agua perfectamente cristalina me dieron la bienvenida a esta última ciudad.

Rioverde es, como para tratar de empezar a explicarlo de alguna manera, algo así como un pueblo grande o una ciudad chica. Quizás a primera vista puede pasar totalmente desapercibido a los ojos de cualquiera, sin demasiado para mostrar. Puede que no tenga la belleza arquitectónica de muchos Pueblos Mágicos de México y tampoco sitio arqueológico alguno con magnificas pirámides. No sé muy bien qué es lo que tiene, pero podría decir que es de los lugares donde más a gusto me sentí. Evidentemente estos pueden ser los mejores o los peores dependiendo cómo cada uno los vea y los sienta. Dicen que “cada quien habla según cómo le fue en la feria”. Y en mi caso, aunque no solo de ferias vive el hippie, quizás hubo mucho de esto, casi literalmente hablando.

Feria artesanal de Rioverde.
 Apenas si había sentido mencionar el nombre de este lugar antes de estacionar la moto frente al parque central para refrescarme un poco luego de unas cuatro horas de manejo desde Real de Catorce. Nada me hacía pensar en quedarme, ni siquiera a hacer noche, eran cerca de las tres de la tarde, con lo cual, con la Huasteca cómo supuesto destino aún podía manejar otro par de horas más. Sin embargo, algo me decía que tenía que al menos bajarme un rato de La Rojita a ver qué tenía para decirme este lugar.
Estacioné y comencé a caminar. Las calles principales se veían con mucho movimiento, se trata de un lugar evidentemente comercial, centro económico de la llamada zona media de San Luis Potosí. Caminé por la vereda que me quedaba más cerca y en la dirección que primero llamó mi atención, enseguida sentí un clima agradable, me detuve a hablar con algunas personas di unas vueltas, pasé por el mercado y al salir vi en uno de los costados del parque unas carpas blancas con gente que no dejaba de pasar. Me acerqué y lo que de lejos aparentaba ser una feria artesanal, de cerca efectivamente lo era. Los planes poco a poco comenzaban a cambiar. Pregunté acerca de la organización de la feria y me mandaron a hablar con David, una de los artesanos que tenía su puesto armado y en menos de una hora ya estaba yo armando el mío.



                                                     . . . . . . . . . . . . . .

Parche y magia.

Con Jess y Mary, pero en Toluca.
Casi como de costumbre, mi llegada a Rioverde fue con los bolsillos prácticamente vacíos, luego de los veinte días sin ventas en Wadley y Real de Catorce. Decidí que lo mejor al menos para empezar sería buscar lugar para acampar. En una de las entradas al pueblo había visto una Pemex muy grande, como las que suelen usar los traileros para descansar en su rutina rutera. En general este tipo de gasolineras siempre tienen duchas, lugares para estacionar y sectores con mesas. Al terminar el primer día de feria me fui directo para allá. Efectivamente tenía todo eso e incluso unas palapas donde uno de los encargados me dijo que sin problema podía armar la tienda de campaña. “De aquí soy yo” pensé, y las siguientes noches regresé a dormir y bañarme como si de mi casa se tratara.
Las cosas comenzaron a darse tan fluidamente cómo si todo estuviera por mí perfectamente organizado, primero el lugar en la feria y luego las personas que fui conociendo. Del distrito federal y con casi tantos años en la artesanía cómo yo de vida, el mismo David fue el primero con quien entable buena relación.
Laura y Dalila.
Tomé un lugar, armé mi mesa y durante los siguientes diez días me fui acoplando al ritmo del lugar, feria de por medio. Cuando digo ritmo del lugar me refiero a muchas cosas, es decir, pequeños detalles totalmente nuevos para mi. La comida, las costumbres de la gente, expresiones que fui aprendiendo con el paso de los días y por supuesto adaptarme a la economía propia del lugar, muy diferente a la de los sitios turísticos o vacacionales donde generalmente es más habitual ponerme a vender con mi “changarro”.
En la otra punta de la carpa de donde yo tenía mi mesa, se armaba el puesto más grande y el que más vida le daba a la feria. Artesanía de diferentes partes de la república, ropa de Chiapas y dulces regionales. Mary, su hija Jessica y Elías desde el primer día me brindaron su compañía y su apoyo, compartimos feria en Cerritos y luego nuevamente en Rioverde.
Juan Manuel con sus llaveros de madera calados y conocedor de cuanta fiesta de pueblo acontece en San Luis Potosí; Pablo, un joven artesano local que en mi segunda vuelta a Rio  me brindó lugar junto a sus padres en su casa. El ya mencionado David y toda otra bola de artesanos locales.
Son las personas que conocí las que me hacen pensar en lo valioso que viví en Rioverde. Efectivamente no creo que tenga algo que lo haga realmente especial.
Laura, Dalila, George, Diego, Paloma, Diana y todos los que ya nombré. Suele pasar que es la gente la que hace especial a los lugares.
Unos días antes de terminar la feria ya me habían invitado para quedarme a la siguiente, que empezaría ahí mismo en un par de semanas. Pensé que sería una buena idea quedarme, hacer algo de producción, juntar unos pesos más y luego seguir viaje.
Eli, Santi, Maria y Yo en Rioverde.
Con esto decidido, entre una y otra aproveché para hacerme una escapada al DF por algunos materiales y herramientas, decidí de una vez encarar el trabajo con metal que hacia un tiempo venia postergando.
En esa vuelta, mientras hacia una parada en Jalpan, en plena sierra de Querétaro, vi pasar una pareja de artesanos. Me acerqué a saludarlos y resultó que de ellos ya me habían hablado varios amigos. Santi y María, uruguayos ambos andaban viajando en su camioneta. Les comenté de la feria de Rioverde y ahí nos volveríamos a encontrar algunos días después.
Esa ida al df resultó determinante para mi forma de trabajar desde ese momento en adelante. No solo en cuanto a materiales, también a organización y a calidad. Comencé a dedicarle mucho más tiempo y atención. Un paso que debía dar y finalmente di en un buen momento. 
Pasé a buscar algunas piedras a Querétaro  y con eso completé lo que necesitaba para dar ese paso dentro de mi trabajo como artesano.
Así, todo tuvo que ver con todo en Rioverde, el hecho de sentirme a gusto con el lugar, la magia que nuevamente se hizo, los nuevos trabajos, la buena compañía, todo hizo parte de lo especial de ese momento.



                                                     . . . . . . . . . . . . . .


Media Luna.

Media Luna.
“Si no visitas la Media Luna no conoces Rioverde” me advirtieron más de una vez en tono casi amenazante. Pensé que si me lo decían los propios locales debería de ponerles atención. No había mejor opción que ir a verlo personalmente.
Me van a faltar palabras para describirlo y si las tuviera probablemente me quedaría un poco corto. Lo fértil del valle donde se encuentra Rioverde responde y lo es justamente gracias a este lugar. La Media Luna (llamado así por la forma visto desde el aire) es un manantial de agua tibia y cristalina como pocas veces (o quizás nunca) antes había visto. Un nacimiento de agua que a través de innumerables canales riegan y le dan vida a cada sembradío del valle.
Dicen los amantes de lo místico que no se le conoce el fondo y por supuesto no faltan quienes hablan de las propiedades curativas del agua que de este lugar brota. Lo que sí puedo asegurarles y no creo equivocarme, es acerca de la hermosura del lugar, lo relajante del silencio de la naturaleza cómo único fondo sonoro y lo lleno de vida que se sale después de un par de días de nadar en sus aguas.
Ahí me encontré con Mary y Elias; Jess ya se había vuelto a Toluca. Acampamos un par de noches en las que recuperamos energías después de chambear tantos días en la feria para luego partir por el momento hacia rumbos diferentes. Nos volveríamos a ver luego de unos meses en alguna otra parte de México.
Aguas cristalinas en la Media Luna.
Por mi parte había escuchado algunos rumores de un festival de Música en la sierra de Querétaro y era esa una excelente excusa para volver por ese camino sin tanto apuro como la vez anterior. Pasar por Concá, San Ciro de Acosta, conocer mejor Jalpan de Serra y ver algo más de la sierra. Visité amigos en Cerritos y me despedí de los de Rioverde antes de tomar camino hacia esos rumbos. El Huapango de la sierra queretana me esperaba. Ahí se los cuento en el próximo capítulo.
 


San Ciro de Acosta. Camino a la sierra de Queretaro.

Y para tener una idea más clara de lo recorrido en este capitulo entre idas y vueltas, ahí va el mapa carretero.

Saludos viajeros!

martes, 1 de julio de 2014




Nota en la revista de cultura joven Yo soy La Morsa Nº76 que se distribuye con el diario La Tercera en zona sur del Gran Buenos Aires.

"Una vuelta por Latinoamerica"
Hace más de 4 años Sebastian Ramirez partió de su Glew natal junto a su moto "La Rojita" para recorrer Latinoamerica. Imágenes, lugares, anécdotas y personajes de un verdadero viaje de ida...

Nota: Hernán Cacace.
Diseño de tapa: Vanesa Bisutti.

Click en la foto para leer la nota completa.




lunes, 24 de marzo de 2014

Abril-Mayo 2012

“Cruzando el desierto ardiente, seis aviones vi pasar, dejando seis estelas por sobre el pedregal. Un hexagrama escrito en los cielos, las cuerdas en mi diapasón.”
                                                                                   Joni Mitchell - Amelia.

Estación Wadley.

Trópico de Cáncer.
A medida que avanzaba hacia el norte, las carreteras comenzaban a tornarse más rectas y calientes; el polvo, el pedregullo y los cactus pintaban el paisaje que se iba aproximando. Un hito al costado de la pequeña carretera me dio cuenta de mi paso por la línea del trópico de cáncer y una interminable línea de tren con destino “al otro lado” me acompaño los últimos cincuenta kilómetros hasta llegar a uno de esos pueblos que parecen estar perdidos en medio de la nada y totalmente ajenos al paso del tiempo: La estación Wadley.

Un pequeño cartel oxidado junto al viejo edificio ferroviario anuncia una distancia de tan solo 600 kilómetros a Nuevo Laredo, la fronteriza ciudad a orillas del Río Bravo. Sentí una especie de sudor frío al sentir la cercanía de las puertas del imperio.
Desierto y sierra.
La carretera y la vía férrea dan en gran medida, forma a este pequeñísimo pueblo. Casas en su mayoría de adobe, un sol que raja las polvorientas calles, una modesta iglesia y la plaza con algunos viejos juegos para niños, todo esto rodeado por un inmenso terreno desértico bordeado por una impresionante cadena montañosa. Wadley es el paraje casi obligado para toda la banda viajera. Las habitaciones de Don Tomás es el “resort” donde nos hospedamos apenas llegando y que sería la base desde donde salir a ver algunos lugares.

La Rojita y el Tren.
Pipo y Ceci ya estaban ahí desde hacía unos días parando en La Morena en casa de Lalo y Cili; Emma y el Tavo también andaban dando vueltas por el pueblo, la Rojita y yo fuimos los últimos en llegar. Aclimatarse y adaptarse al ritmo del pueblo puede tomar algunos días en los que  el tiempo parece pasar tan lento que inevitablemente obliga a ver y sentir el paisaje que lo rodea de un modo más contemplativo, con más calma. Sin internet ni vida nocturna más que tirarse en el techo de las habitaciones ver las estrellas, Wadley obliga de alguna manera, a pensar. El habitual silencio es solo interrumpido cada ciertas horas por el paso de interminables formaciones ferroviarias de, a veces, más de cien vagones en su rutinario y desigual intercambio fruto del nefasto tratado de libre comercio.
 
Estación Wadley.


                                                     . . . . . . . . . . . . . .

No tan desierto.

Pétalos morados.
El desierto potosino no es precisamente lo que uno podría imaginar en un primer momento cómo “desierto”. No hay dunas de arena, espejismos ni oasis con palmeras datileras. Mucho menos camellos o tríbus nómadas. Se trata más bien de una zona altiplánica que ocupa buena parte del estado. Una planicie cubierta de matorrales desérticos. Una estepa seca abundante en cactus de todo tipo, forma y tamaño.
Para suerte nuestra llegamos en la temporada perfecta para ver la flora en todo su esplendor de colores. Ese lugar que aparenta ser la muerte misma, seco hasta lo más profundo y condenado a sufrir el embate de los impiadosos rayos de sol, esconde dentro de sí una variedad enorme de vida. Adentrarse en su interior es apenas el primer paso para descubrir este mundo oculto. Solo unos kilómetros de caminata bastan para empezar a ver y sentirlo todo más de cerca.
Flores amarillas del nopal.
A partir del mes de Mayo pueden empezar a verse las flores que crecen de la infinita variedad de cactus y magueyes que hay en esta zona. Pétalos amarillos, rojos y morados son algunos de los colores que pueden verse contrastando con el tono uniforme de la sequedad de esta tierra. Las espinillas son las protagonistas en cada uno de los arbustos del desierto al punto de ser casi imposible caminar unos pocos metros sin sentirlas en piernas y brazos. Luego de unas horas la vista se va adaptando y afinando para empezar a ver con más claridad lo que antes era un monótono y espinoso telón de arbustos secos. Empiezan a aparecer lagartijas, alacranes y con un poco de suerte (o mala suerte) alguna serpiente de cascabel.
Peyote o Hikuri.
Finalmente, quizás lo más buscado por estas tierras hace su aparición, uno de los protagonistas del desierto, al pie de algún pequeño arbusto, solo o en familia: El peyote o Híkuri, esencial dentro de la cosmogonía Huichol, fundamental para su historia y también para su presente, es el elemento que lo conecta directamente con su tierra, con sus creencias y con su propio ser.
Nos tomamos el atrevimiento de tomar algunos para, con nuestro total desconocimiento del asunto tratar de entender algo de toda esta cuestión. Pero supongo que en muchos aspectos estamos demasiado lejos cómo para realmente interpretar todo este rico contexto cultural. Mi acercamiento al Peyote quedó, al menos por ahora, como una anécdota.


                                                     . . . . . . . . . . . . . .

Real de Catorce.

Tunel Ogarrio.
Atravesé un túnel vehicular de más de dos kilómetros de largo metiéndome en las entrañas mismas de uno de los cerros de lo más alto de la sierra que bordea al desierto. La roca viva y las tenues luces amarillas que alumbran el camino me daban la sensación de estar dentro de una mina. Al otro lado me encontré con un interesante lugar, no solo desde lo “pintoresco” que puede resultar quizás cómo muchísimos otros pueblos en México, sino también por la importancia histórica. Real de Catorce, el otrora pueblo minero más importante de la zona está ubicado junto al sitio sagrado Cerro del Quemado. Punto neurálgico de la cultura Huichol que tiene  a este lugar cómo el centro ceremonial principal a pesar de no ser éste su territorio propiamente dicho ya que es la sierra de Jalisco, Nayarit y Zacatecas donde principalmente habitan.
La fuerte religiosidad cómo parte fundamental de su vida cotidiana caracteriza a la cultura Huichol, y si bien actualmente parte de su población inclinó sus creencias hacia el catolicismo, su cosmogonía aún continúa girando en torno a sus cuatro deidades principales todas provenientes de la naturaleza: el Maíz, el Águila, el Venado y el Peyote.
Real de Catorce.
Es en el Cerro del Quemado donde (cómo lugar central), principalmente a través del consumo ritual del Peyote y evocando la presencia del Venado buscan una especie de purificación, una limpieza interna a partir de la cual “encontrarse” con el propio ser. El extenso recorrido de más de 600 kms a pie desde la sierra occidental de Jalisco y Nayarit resulta poco importante a comparación de la paz interna y la trascendental energía que obtienen.

Mientras caminaba por el centro del pueblo me vinieron inmediatamente recuerdos de algunos del noroeste argentino. El color de los muros de las casas, las pequeñas callecitas casi peatonales con tiendas de comidas y artesanías en cada vereda y las montañas como fondo no distan demasiado de ciertos paisajes Jujeños. 
Willys.
Los antiguos y coloridos Jeeps 4x4 conocidos como “Willys” se estacionan junto al jardín. Los hay azules, verdes y amarillos. Cargan y dejan pasaje que traen por la entrada antigua a Real, un angosto y empinado camino que trepa (casi literalmente hablando) la montaña desde Catorce, la estación siguiente a Wadley.
Cómo cada fin de semana, turistas principalmente de la ciudad de San Luis Potosí y del Estado de Nuevo León llegan al pueblo. Los puestos de comidas ofrecen gorditas, tamales y atoles, los artesanos pulseras y aretes. Resulta curioso como ambas actividades son parte esencial y hasta fundamental de este tipo de lugares; todos los visitantes en algún momento del día se acercan a comer (lógicamente) o a ver artesanía y por supuesto a “cotorrear con la banda”.

Personaje local mezcaleado.
Nuevos locos viajeros aparecieron en mi camino: Linda, una francesa con un hablado argentino casi tan marcado cómo el mío, que hace honor a su nombre y un macramé de los más bonitos que he visto.
El Nahum, un loco michoacano con quién junto al Tavo y Emma hicimos rancho el último fin de semana en Real de Catorce antes de partir hacia la Huasteca.
Compartimos feria en una de las calles laterales del jardín y fogata, gauitarreada y alguna comida a la parrilla por la noche. El tiempo y el viento nos volverían a amontonar en algún otro rincón de México.


                                                     . . . . . . . . . . . . . .

Camino a la Huasteca

Quiote. Tronco del Maguey.
Dejando atrás ritualidades y misticismos propios del desierto y de Real de Catorce, a partir de ahí todos nuestros caminos nos conducían al otro extremo del estado. Cuatrocientos kilómetros de por medio, la Huasteca potosina nos esperaba con innumerables promesas e historias de cristalinos y caudalosos ríos, cascadas y grutas. Acordamos con Emma y Tavo vernos allá a más tardar en unos dos días. Pero en general (y a esta altura ni falta hace que lo aclare) pocas veces las cosas se dan como se piensan con lo cual sin saberlo aún, no volveríamos a vernos por un buen rato. Volví a atravesar el túnel, esta vez saliendo del pueblo y bajé de la montaña por la pequeña calle empedrada hacia el cruce de la carretera a Matehuala.

Unas horas más tarde, una parada para comer y refrescarme en Rioverde cambiaría todo lo planeado. Hay mucho para contar al respecto. Será mejor dejarlo para el próximo capítulo.



 
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